El sol de octubre teñía de miel las piedras del Parador de Mérida cuando Sofía Cruz atravesó el arco de
medio punto que daba acceso al claustro. El aire olía a azahar y tierra húmeda, una fragancia engañosa que
escondía siglos de sudor, plegarias y muerte. Apoyó la mano en un sillar romano reciclado en la fachada;
la piedra estaba tibia, casi viva, y por un instante creyó sentir bajo sus dedos el roce de una toga de lino.
—Bienvenida al Convento de Jesús Nazareno —dijo el recepcionista al entregarle la llave—. Su habitación da al jardín
visigodo. Espero que le gusten las historias antiguas.
La habitación 17 estaba en la primera planta, donde antaño debieron alojarse los novicios. Al abrir la ventana de madera
carcomida, Sofía observó el patio central: cipreses esbeltos como cirios, rosales trepando por columnas corintias, y en el
centro, una fuente musgosa que cantaba en latín bajito. Se estremeció. Desde el divorcio, esos impulsos la traicionaban:
percibir ecos donde solo había silencio, ver sombras que se desvanecían antes de nombrarlas.
—No son alucinaciones —le había dicho su terapeuta—. Es hiperestesia. Tu mente traduce el estrés en sensaciones físicas.
Pero allí, entre muros que guardaban memorias ajenas, la explicación le sonó a excusa barata.
Al deshacer la maleta, sus ojos de restauradora detectaron detalles invisibles para otros: los frescos del techo, repintados sobre escenas
franciscanas originales; el suelo de barro cocido, con una loseta quebrada que dejaba asomar un mosaico romano de delfines enlazados.
Acuclillada, rozó el azul desvaído de las teselas. Un escalofrío le recorrió la nuca.
—Magister… adsum —susurró una voz infantil en su oído izquierdo.
Sofía se irguió de golpe. La habitación estaba vacía, pero el espejo veneciano del armario reflejó
por un instante una silueta encapuchada junto a la cama de dosel. Respiró hondo. El perfume a lavanda
de las sábanas se mezcló de repente con un olor más denso: aceite de lámpara y vinagre de los cuatro ladrones.
La noche cayó sobre Mérida como un manto de terciopelo agujereado por estrellas. Sofía, envuelta en un
chal turquesa —el mismo que llevaba el día que firmó el divorcio—, paseó por el claustro. La luna plateaba
los capiteles donde grifos visigodos mordisqueaban racimos de uva. Al pasar frente a la capilla desacralizada,
un ruido la detuvo: el crujido de unas sandalias sobre gravilla.
—¿Hay alguien? —preguntó, y su voz resonó como en una cripta.
Una ráfaga de viento helado le arrancó el chal. Al perseguirlo, tropezó con un objeto metálico en la hierba:
una cruz de hierro forjado, oxidada, del tamaño de una palma. Al tocarla, imágenes estallaron tras sus párpados:
Hombres postrados en jergones de paja, tosiendo sangre sobre escapularios. Un fraile joven, de ojos hundidos y manos
quemadas por la cal viva, rezando en latín junto a un niño que sostiene una taba de mármol.
—¿Ve algo que no debería ver, señorita Cruz? —la voz del recepcionista la hizo gritar.
El hombre estaba en lo alto de la escalinata, recortado contra la luna llena. En su mano derecha brillaba una llave antigua con el sello de los franciscanos.
—El parador guarda… huellas —continuó, descendiendo con lentitud—. A veces, los huéspedes
sensibles las perciben. Le recomiendo no pasear de noche. Las losas romanos tienen mala costumbre de moverse.
Al regresar a su habitación, Sofía encontró sobre la almohada una hoja de laurel seca. Y en el
espejo, escrito entre el vaho, una palabra que el latín de la universidad le permitió descifrar:
INVICTUS
Mientras fuera, en el jardín, dos pares de huellas —una grande con huella de sandalia,
otra pequeña y descalza— se desvanecían junto a la fuente.
La madrugada trajo una niebla baja que convirtió el jardín visigodo en un lienzo de sombras movedizas.
Sofía, sentada en el alféizar con una taza de manzanilla fría, observaba cómo la bruma se enroscaba alrededor
de la fuente como dedos esqueléticos. El insomnio era un viejo compañero desde que dejó Madrid, pero aquí,
en el Parador, tenía sabor a cobre y resina de pino.
En el escritorio, bajo la luz ámbar de la lámpara Art Decó, había dispuesto sus herramientas de restauradora: bisturíes,
pinceles de pelo de marta, y el cuaderno de croquis donde anotaba cada anomalía. La hoja de laurel seca reposaba dentro de
una bolsa de papel pergamino, junto a la cruz de hierro encontrada en el claustro. Al pasar el dedo sobre su superficie,
una descarga estática le hizo retroceder.
—Invictus —murmuró, recordando la palabra en el espejo—. ¿Invencible o no conquistado?
El sol despuntó sobre el acueducto de los Milagros cuando un estruendo la sacó de su ensoñación. Bajó al comedor
—antiguo refectorio de los frailes— donde dos hombres instalaban cámaras termográficas junto a la chimenea de piedra.
—Soy Marcos Villalobos —dijo el más joven, de barba candado y chaleco táctico—. Y este es el padre Emilio
Bastos, experto en liturgias antiguas. Investigamos fenómenos residuales en edificios históricos.
El sacerdote anciano, de manos surcadas como mapas, sostenía un magnetófono de los años setenta.
—Hemos captado anomalías aquí antes —dijo Marcos mientras conectaba un ovni de cables—.
Voces en latín macarrónico, sombras de capuchas…
—Y un niño —interrumpió el padre Bastos, clavando sus ojos grises en Sofía—. Un puer aeternus que no halla descanso.
El desayuno se volvió una entrevista no solicitada. Entre sorbos de café con leche quemado, Sofía mencionó la
cruz, la visión de enfermos, omitiendo el detalle de la silueta encapuchada. Marcos tomó notas en una tablet con funda antibalas.
—¿Sabe algo de la epidemia de 1764? —preguntó el padre—. Los franciscanos enterraron a 34 hermanos en fosas bajo
el huerto. Pero hay un sepulcro más antiguo, un niño de la época de Teodosio, según los archivos diocesanos.
La noche llegó con una luna roja que los campesinos extremeños llamaban de sanación y saña. Sofía,
armada con una linterna y su cámara de fotos ultravioleta, siguió el consejo del recepcionista… hacia atrás.
El jardín nocturno era otro mundo: las rosas desprendían un fulgor fosforescente, y en el estanque, carpas
plateadas dibujaban espirales que recordaban laberintos minoicos.
Fue junto al ciprés más alto, donde la tierra mostraba un hundimiento oblongo, que lo sintió: una presión en el pecho
como si llevara un corsé de plomo. El aire olía a cera derretida y sudor de fiebre.
—Magister… adsum —repitió la voz infantil, ahora clara como un carillón.
Al girarse, lo vio.
El niño tendría siete años, descalzo, con una túnica de lino ceñida por un cordón dorado. En sus manos, brillaban cinco
tabas de mármol talladas como calaveras en miniatura. Pero eran los ojos lo que heló la sangre de Sofía: pupilas sin iris,
negras como pozos de brea, que reflejaban llamas inexistentes.
—Lucius… —logró articular, recordando el nombre de su investigación diurna.
El fantasma infantil alzó una mano. En su muñeca, una marca roja serpenteaba: una cicatriz de lepra o
quemadura. Sofía extendió la suya, y en ese instante, una campana de bronce resonó desde la capilla.
Un frío cortante la separó del niño. Entre los rosales, avanzaba una figura alta con hábito franciscano: Fray Domingo.
Su rostro, iluminado por una luz interna como la de los lienzos de Zurbarán, mostraba fatiga milenaria. Al levantar un
rosario de huesos, Lucius retrocedió hacia la fuente, desvaneciéndose en un remolino de hojas secas.
—No debe acercarse a él —habló el fraile sin mover los labios, su voz un susurro de viento entre lápidas—. El puer está
atado a un juramento más viejo que sus ruinas.
Sofía, temblando, encontró el valor que la había abandonado en el juzgado de familia.
—¿Qué juramento? ¿Y por qué usted…?
Un grito desgarró la noche. Desde el claustro, Marcos y el padre Bastos corrían hacia ellos,
la cámara termográfica emitiendo pitidos agudos. En la pantalla, una figura infantil brillaba en azul
eléctrico junto a la firma térmica de Sofía.
—¡Grabamos esto! —exclamó Marcos, mostrando el magnetófono donde una voz en latín repetía "Libera me, Domine" entre estática.
Pero cuando Sofía volvió la vista al jardín, solo quedaba la cruz de hierro clavada en la tierra, y sobre ella,
una taba de mármol manchada con lo que parecía sangre seca.
El olor a cera de abejas y azafrán impregnaba el comedor principal del Parador, donde las bóvedas de cañón guardaban
ecos de salmos franciscanos. Sofía ajustó el tirante de su vestido negro de seda —elegido por inercia, no por coquetería—
mientras observaba al hombre sentado frente a ella. Jerónimo Valdés tenía manos de concertista y una cicatriz en forma de
media luna bajo la clavícula izquierda que asomaba entre el lienzo de su camisa blanca.
—¿Restaura usted almas o solo piedras? —preguntó él, inclinándose sobre la mesa donde una vela derretida dibujaba un río de cera entre ellos.
La pregunta la sorprendió. Habían coincidido horas antes en la biblioteca, cuando él le ofreció un pañuelo
de lino al verla estornudar por el polvo de un incunable sobre epidemias del siglo XVIII. Ahora, entre platos de
berenjenas a la miel y perdiz escabechada, Jerónimo escuchaba su relato sobre Lucius sin esbozar la sonrisa condescendiente que ella temía.
—Mi familia construyó molinos sobre calzadas romanas en Córdoba —confesó él al pedir una segunda botella de vino Ribera
del Duero—. Los cimientos siempre guardan memorias incómodas.
La lámpara de araña victoriana proyectaba sombras danzantes sobre su perfil de medallón griego. Sofía notó que llevaba un
anillo de sello con el símbolo de Asclepio —la serpiente médica—, pero fue el magnetófono miniaturizado que sacó de su bolso lo que la hizo arquear las cejas.
—Perdone el romanticismo low-tech —dijo pulsando el botón de grabación—. Pero las voces del pasado prefieren los soportes analógicos.
El audio captó primero estática, luego un coro lejano de niños cantando en latín macarrónico:
"Sub terra puer ludit,
ossa sua non quiescunt..."
(Bajo tierra el niño juega,
sus huesos no descansan...)
Sofía sintió un hormigueo en las muñecas. El vino, el brillo ámbar de los ojos de Jerónimo, y ese
verso latino que resonaba como un conjuro, creaban una alquimia peligrosa.
—¿Por qué cree que Fray Domingo protege al niño? —preguntó él, rozándole la mano al servirle más vino.
—No lo protege —respondió ella, recordando los ojos de breva del fraile—. Lo vigila.
La invitación a su habitación llegó con los postres —torrijas bañadas en vino de pitarra— cuando una ráfaga
de viento apagó todas las velas del comedor. En la oscuridad, Sofía sintió una mano infantil acariciarle el tobillo bajo la mesa.
—Mi suite tiene vistas al anfiteatro romano —dijo Jerónimo, encendiendo una cerilla que reveló su sonrisa tensa—. Y cerradura del siglo XXI.
La habitación 33 olía a cuero antiguo y bergamota. Las paredes estaban forradas con mapas del siglo XVI donde Mérida aparecía como Emerita Augusta,
y en el baño, una bañera de pies leones devoraba el espacio. Jerónimo desplegó una colección de artefactos sobre la cama con dosel: un péndulo de
cristal, un diario de 1764 con manchas marrones, y una fotografía termográfica donde dos siluetas —una adulta, otra infantil— se abrazaban frente
al mosaico de los delfines.
—Esto lo capté anoche —señaló la imagen mientras desabrochaba el primer botón de su camisa—. El fantasma niño no está solo.
Sofía tocó la foto. Al hacerlo, una descarga de imágenes la invadió:
Fray Domingo, joven y sin el rostro demarcado por siglos de pena, enterrando una caja de plomo bajo el altar.
Dentro, huesos infantiles envueltos en un pergamino con símbolos de serpientes entrelazadas.
—¿Qué más sabe? —preguntó, notando que su voz sonaba ronca.
Jerónimo se acercó hasta que su aliento le rozó la oreja:
—Sé que Lucius murió en un lustrum —susurró—. Un sacrificio de purificación romano. Y que su alma no descansará hasta que alguien repita el ritual... correctamente.
El primer beso ocurrió junto a la ventana abierta, bajo una luna que teñía de plata el pelo de ambos. Jerónimo sabía a vino
tinto y aceitunas machacadas, sus manos descubrieron la cicatriz que Sofía escondía bajo el vestido —una línea vertical
junto al omóplato, secuela de una caída en un andamio—.
—Las heridas nos unen a los lugares —murmuró él, besando la cicatriz mientras la llevaba hacia la cama.
Pero al desnudarse, el ambiente cambió. El péndulo de cristal comenzó a oscilar violentamente sobre el diario antiguo.
En el espejo del armario, reflejado entre sus cuerpos entrelazados, apareció Fray Domingo. Sus ojos brillaban con lágrimas
de ectoplasma mientras señalaba la pared norte, donde un mapa de Mérida se despegó para revelar graffiti en latín:
HIC PUER DORMIT ET NON DORMIT
(Aquí el niño duerme y no duerme)
Al clímax, Sofía mordió el hombro de Jerónimo para ahogar un grito.
La sangre que brotó —mínima, dulce— cayó sobre el diario de 1764, revelando una entrada oculta:
"Fray D. intentó desenterrar la caja maldita. El niño lo atacó con fiebre de caballo. Murió blasfemando en lengua pagana."
Mientras Jerónimo dormía, Sofía salió al balcón. En el jardín, Lucius jugaba con sus
tabas de mármol bajo la mirada del fraile. Al verla, el niño sonrió por primera vez, mostrando dientes afilados como colmillos de lobo.
El amanecer encontró a Sofía y Jerónimo de pie frente al mosaico de los delfines,
ahora completamente descubierto. Entre las teselas azules, brillaba una caja de plomo
del tamaño de un cofre joyero, sellada con cera de abejas y el sello de la legión X Gemina.
—El lustrum no era un sacrificio —explicó Jerónimo, tallando con un bisturí de restaurador el
borde de la caja—. Era una purificación quinquenal. Los romanos enterraban ofrendas para renovar pactos con la tierra.
Sofía sostuvo la hoja de laurel y la cruz de hierro mientras él leía el pergamino encontrado dentro:
"Lucius Terentius, hijo de Decimus, consagrado a Proserpina. Que su juego libre alivie el peso de los siglos."
En el jardín visigodo, donde Marcos y el padre Bastos habían instalado un triángulo de velas negras,
realizaron el ritual. Sofía vertió vino tinto sobre la tumba oblonga mientras Jerónimo recitaba el latín
del pergamino. Cuando las campanas de la cercana basílica de Santa Eulalia dieron las doce, un remolino
de hojas secas ascendió hacia la luna menguante.
Fray Domingo apareció por última vez junto a la fuente, su capucha echada atrás para revelar un rostro ya sin penumbra.
Lucius, a su lado, sostenía una taba de mármol transformada en flor de loto.
—Iterum nascimur —dijo el fraile, y Sofía supo que significaba volvemos a nacer.
Los investigadores captaron el momento: en la cámara termográfica, dos siluetas se fundieron en una espiral dorada que se
elevó sobre el acueducto. El padre Bastos cruzó al ver la psicofonía final: una canción de cuna en latín mezclada con risas infantiles.
—¿Y esto? —preguntó Marcos, mostrando a Sofía una foto donde ella y Jerónimo aparecían rodeados por un resplandor ámbar.
—Eso —respondió Jerónimo, abrazando a Sofía por la cintura— es lo que ocurre cuando el pasado perdona.
El Parador de Guadalupe les esperaba seis horas al norte, entre montañas tapizadas de castaños. Antes de partir,
Sofía dejó sobre la cama de la habitación 17 tres objetos: una taba de mármol, la hoja de laurel marchita, y una nota
para el siguiente huésped sensible que decía "Las paredes susurran, pero ahora cantan."
En el Audi descapotable de Jerónimo, con el viento jugando con sus cabellos entrelazados, Sofía rio al ver la nueva
cicatriz en su hombro —la mordida había formado un perfecto semicírculo de luna creciente—.
—Guadalupe tiene un monasterio con una Virgen morena que concede deseos —dijo él, tomando su mano sobre la
palanca de cambios—. Y según mi abuela, un fantasma templario que odia a los amantes.
—Perfecto —respondió ella, subiendo el volumen de la radio donde sonaba Bésame mucho en versión bolero—. Odio los lugares sin historias.
Mientras el coche desaparecía por la Vía de la Plata, en el jardín del Parador de Mérida floreció de pronto un rosal
de pétalos azules. Y en la fuente, donde el agua canturreaba en latín, dos nuevas monedas brillaban bajo el sol: un sestercio
de Trajano y un maravedí franciscano, cruzadas como llaves sobre un mapa del alma.
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